Abstract
En este artículo analizo el modo en que Las cautivas (2021), de Mariano Tenconi Blanco, transforma aquello que la imaginación decimonónica había relegado a la categoría de “resto” —la sexualidad, el deseo y la agencia de las mujeres cautivas— en una vía de escape desde la cual reimaginar un nuevo mito de origen, un origen que se revela como una cadena de intentos frustrados, siempre fuera de lugar. Las cautivas escenifica, desde las líneas de fuga producidas por reescrituras del siglo XX y XXI sobre tópicos del siglo XIX —como Ema, la cautiva (1981) de César Aira, y El entenado (1983) y El río sin orillas (1991) de Juan José Saer—, el intento fallido e insistente de reconstruir aquello que el archivo decimonónico silenció: cuerpos deseantes que desbordan las fronteras impuestas por el lenguaje.
Como consecuencia de este intento, se produce un extrañamiento del lenguaje, en el que las palabras aparecen como signos que conducen a malentendidos o adquieren significados precarios. Ese desborde retórico desrealiza los límites del desierto, hasta evidenciarlo como un espacio saturado de discursos cuya carga simbólica impide imaginar formas de vinculación no dicotómicas. Ante esa saturación, la obra ensaya una deriva hacia la topografía de las orillas del río: un espacio fluido que permite articular relaciones más móviles y menos rígidas que las identidades fijas que el desierto decimonónico pretendía fundar. Sin embargo, reinventar un mito de origen en las orillas se presenta como una ficción más: inestable, reescribible y efímera.
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